Salir por espliego salvaje al monte puede dar lugar al encuentro con alguna matita suelta, que justifique el éxito del paseo, o la sorpresa del hallazgo de extensiones considerables de llas que se aglutinan y aventuran entre bojes, aliagas, romeros, tomillos, inseparables y olorosos compañeros que, sin rencillas aparentes, conforman el paisaje de belleza modesta, sin aspavientos , pero sin igual. Una opción, entonces, es quedarse y Dios dirá. Esa es la opción clásica. Desde 1900 cabría pensar que es posible que ocurra algo similar si lo que se pretende hollar voluntariosamente con la mera razón, pura, práctica o con la facultad de juzgar, es el monte cuántico, ante la sospecha de que pueda eventualmente exisir, es decir, de que tenga algún modo de realidad objetiva, que incluya flora específica tangible.