Trabajando con acuarelas, el líquido es la base del trabajo y para Luis Miguel López Soriano siempre ha sido muy importante diluir la pintura empleando el mismo elemento del paisaje que pinta. El agua recogida del río, arroyo o glaciar le permite integrar el
entorno real en el dibujo creado, conservando su huella original sobre el papel. El sol, frío o viento de cada momento también intervienen de una manera crucial en la evolución del trabajo, secando o incluso congelando los trazos del pincel. El resultado
no son ilustraciones elaboradas ni retocadas técnicamente tras horas de dedicación. Son simplemente rápidos y sencillos apuntes del natural que llevan parte del propio paisaje pintado. Son montañas de agua.