Hacer una antropología de la imagen: buscar la fisura, el síntoma. Porque la semejanza no es un resultado sino un proceso abierto e inconcluso, una oscilación entre lo animal y lo simbólico, un ir y venir de flujos y reflujos. En las series y las taxonomías, en las gramáticas confortables y el aceptable orden del discurso, advertir el punto de fuga. Contar en singular, conjugar la dialéctica. Dar vuelta al corazón del conjunto iconográfico ortodoxo y revoger su malestar. La semejanza es tan inquieta que acaba por inquietarnos. No hay sustancias eternas ni funciones constantes: solo modulaciones de la materia.
Nada, nada es lo que parece. Nada se parece a nada.