Leer esta pequeña obra es mucho más que aproximarse a la figura de san Juan de la Cruz: es encontrarse con él cara a cara, sentir su aliento, que atraviesa los años, y notar supuso leve a nuestro lado. Emilio Martínez —carmelita descalzo, como el propio Juan— ha logrado hallar la palabra justa, luminosa y cálida, capaz de desvelar la profundidad sin simplificarla, de humanizar sin despojar de misterio, de traerá nuestro tiempo a un hombre del siglo XVI y convertirlo en compañero de trayecto. Emilio conoce la trayectoria vital de fray Juan rigurosamente, a partir de la moderna historiografía, pero, además, lo ha frecuentado y escuchado en el silencio. Y escribe no tanto desde la distancia del erudito como desde la proximidad reverente del amigo. Por eso, le agradezco cordialmente que me haya confiado su libro para prologarlo. Su pretensión no es agotar la historia del primer descalzo, ni siquiera resumirla. Más bien, Emilio busca provocar el interés y sembrar preguntas, como quien lanza semillas al viento y confía en la fecundidad de la tierra.