"El oído melancólico" comienza preguntándose por el perro que Ayne Brun agazapó en la esquina inferior izquierda de "El martirio de san Cucufate" y se interrumpe en la audición de los que ladran en el Infierno febril del "Tríptico del jardín de las delicias" imaginado por Hieronymus Bosch. No es este, sin embargo, un ensayo sobre zoología ni sobre acústica, ni acerca de la música o de la pintura, ni de fisonomía ni patología, aunque, entreveradas con la literatura comparada y con las asignaturas de arte en vanguardia, cocinadas con la fotografía y el santoral, entretejidas con los martirologios y la iconología, hay algo de estas y otras disciplinas colindantes. n Especulativo, espiral y múltiple, "El oído melancólico" trata de la melancolía no destructiva que, mientras escucha un silbido interior en el oído izquierdo, le exige al genio creativo que se detenga, y tal vez que se siente, y que recline su cabeza, habit